Skatha: (Celta) País sombrío
Schatten: (Deutsch - Romanisch) Aura, cauma, umbra.
Éskhatos: (Griego) Último
Skhatton: (Latín) Discurso acerca de las últimas cosas. /
El Fin de los Tiempos.
<<...Vi que no hay Naturaleza,
Que Naturaleza no existe,
Que hay montes, valles ,llanos,
Que hay árboles, flores, hierbas,
Que hay ríos y piedras,
Pero que no hay un todo al que esto pertenezca,
Que un conjunto real y verdadero
Es una enfermedad de nuestras ideas.
La naturaleza es partes sin un todo.
Este es tal vez el tal misterio del que hablan.
Fue esto lo que sin pensar ni detenerme,
Acerté que debía ser la verdad
Que todos andan buscando y no encuentran,
Y que solo yo, por que no fui a buscarla, encontré.>>
Alberto Caeiro (Heterónimo de Fernando Pessoa)
CAPITULO I RECUERDOS FELICES
"Me acordé de los días antiguos; meditaba en todas tus obras; reflexionaba en las obras de tus manos."
Salmos 5, 143
"...Todos los demás cadáveres puede que sean una ilusión.
Todos los muertos puede que estén vivos en otro lugar.
Todos mis propios momentos pasados puede que existan en algún otro lugar... "
Álvaro de Campos (heterónimo de F. Pessoa)

Quiso dormir. Dormir para no escuchar el cielo tronando con furor. Para no terminar cegado por los mortíferos haces de luz naranja-rojiza que se colaban por las ventanas quebradas del tren 720-B con destino a Resurrección Hyle.
Quiso dormir. Para no percibir más el roce de aquellos cuerpos sin vida cayendo, unos sobre otros, sin orden ni concierto, presas inertes del constante ajetreo de los vagones que se agitaban como cajas de cartón en medio de un huracán.
Y luego... Luego quiso gritar. Pero se abstuvo de hacerlo al comprender el profundo horror que encerraba el clamor de un eco solitario, retumbando sin respuesta en aquellos territorios donde la muerte organizaba su festín.
Pensó entonces en los lamentos. Lamentos de dolor y angustia que segundos antes invadían el interior del Tren, sustituidos ahora por el horrendo chirrido de los fragmentos metálicos que se desprendían del aparato como escamas de piel seca.
Por ello se conformó con el silencio. Con la nada de su mente derruída. De la triste realidad: El Supremo Espíritu había descendido sobre la tierra dejando a su paso un rastro de muerte y destrucción.
Verscedith se encontraba ahora en el suelo, tumbado boca arriba, rodeado por los hierros retorcidos que antes conformaran el carruaje y por los cadáveres de varios Científicos que le acompañaban desde la lejana estación de Saylumn.
El cielo de la espesa noche era lo único que el chico podía divisar desde la posición en la cual se encontraba. Deseaba más que nada incorporarse, escapar de aquel infierno, pero no podía hacerlo porque, aparte del cansancio y del lacerante dolor que las múltiples cortadas le producían, el peso infinito de la desesperanza y la humillación le aplastaba las entrañas. Todo aquello era demasiado para él... ¡Él, que tan sólo era un chiquillo!
Verscedith sólo podía percibir con resignada claridad el fuerte olor a combustible quemado que se expandía por el lugar. Aceptó, entonces, con la frívola calma de quien comprende que nada puede hacerse contra el mundo cuando éste se empeña en aplastar la voluntad de un ser hmano una y otra vez, el hecho innegable de que estaba muriendo.
- Así es, compañero mío. Es inevitable... muy pronto te morirás- sentenció la chillona voz de Shad, su INUA, como si al perecer Verscedith no fuera a desaparecer también su propia Naturaleza.
Finalmente, el niño cerró los ojos y, antes de abandonarse a la incierta orilla de su propia inexistencia, comenzó a repasar mentalmente los acontecimientos que le habían llevado hasta ese preciso instante...
-¡La cena está lista hermano!- El llamado provenía de Eryn.
-¡Esta bien, ya voy!- Respondió el muchacho desde el borde del lago. Enseguida corrió hacia la puerta principal de su casa cruzando el jardín a toda prisa mientras pensaba en la deliciosa tarta de manzana que la señora Grace había preparado. Una vez en el comedor, el aroma de la cena recién servida se apoderó del ambiente.
Allí estaba su familia: sus padres y su pequeña hermana, Eryn, una chiquilla de ocho años, delgada como una rama de olivo, con hermosos ojos azules y cabello corto color castaño. Siempre se la veía sonriente y su presencia era suficiente para alegrar a Verscedith, aún en los momentos más duros.
Durante la cena, el señor y la señora Kenneth se enzarzaban, como de costumbre, en largas discusiones acerca de complejas cuestiones científicas mientras los chicos comían en absoluto silencio. Verscedith, sin embargo, procuraba no perder detalle de todo cuanto decían sus padres pues deseaba ser un Científico tan reconocido y brillante como ellos.
-Entonces- decía su padre, probando con moderación el dorado vino que la señora Grace le ofrecía - Se supone que El Espectro influye sobre los seres vivos y es influido, al mismo tiempo, por ellos. Especialmente por seres conscientes. ¡Oh, querida! ¿Comprendes las implicaciones de este hecho?
-Por supuesto- aceptaba ésta, apartando con delicadeza el brillante cabello que surcaba sus mejillas, mirando fijamente a su amado interlocutor al tiempo que se llevaba un pequeño trozo de tarta a los labios – Es la comunión del universo con el hombre y la naturaleza. Un Ministro diría que es la comunión de nuestras almas con El Supremo.
-Un Ministro no aceptaría un tipo de comunión como la que nosotros proponemos. ¡Cualquier alma, de la más pura a la más corrupta, comunicándose con El Supremo Creador! Sería la ruina de los santos ¿No lo crees? - reponía Silver guiñando un ojo a su hijo quien, aún sin comprender el significado de este gesto, no tardaba en devolver el guiño a su padre junto con una sonrisa.
Acabada la cena, la señora Grace recogía la vajilla y se ocupaba de la cocina.
La imagen de Silver Kenneth recostándose en el suntuoso sillón de cuero y acomodándose los anteojos con el dedo índice, apareció ante Verscedith.
Silver observó detenidamente a su hijo: Su cabello corto y oscuro, sus ojos negros y recelosos...
- Papá - Dijo finalmente Verscedith – Quisiera preguntarte algo... ¿tenemos realmente un alma?
La mirada de Silver se endureció momentáneamente.
- Así que finalmente has trabado amistad con ese chico… ¿verdad? Me refiero a Ted, el sobrino del Ministro Hagell.
Verscedith bajó la cabeza, algo apenado. Su padre le había reprochado varias veces ya el hecho de tener por amigo a un servidor de YLYASTER.
No obstante, luego de advertir la expresión abatida de su hijo, Silver procedió a adoptar un tono conciliador:
- Bueno, supongo que ya tienes edad suficiente como para comprender ciertas cosas...
Animado, Verscedith se acomodó en la alfombra de la elegante sala principal. Frente a sí estaba su padre, firme e imponente, y tras él, gran cantidad de objetos decorativos: lámparas ricamente ornadas, relojes Alunianos (los más raros y costosos del mundo puesto que marcaban la hora sin necesidad de manijas), cofres y estatuillas talladas en madera procedente de los bosques de Cencill (lugar bastante peligroso por cierto) y cuadros que mostraban espléndidos paisajes... todos estos, recuerdos que los Kenneth traían de las largas expediciones científicas, de aquellos maravillosos viajes que Verscedith y Eryn nunca podían realizar... pese a sus ruegos y rabietas.
- Ésta es la eterna cuestión acerca de la supuesta dualidad del hombre - expuso Silver mientras encendía su pipa con gran parsimonia. - Precisamente, tu madre y yo hemos dedicado nuestras vidas a estudiar algo que, quizá, vaya más allá de lo que los Ministros llaman alma, esto es, la NATURALEZA HUMANA.
Silver hizo una pausa para dar una larga bocanada a la pipa, en cuyo humo Verscedith creía percibir efímeras figuras danzantes que se perdían en un mar de gris etéreo. Tampoco escapaba a la vista de Verscedith la elegancia y majestuosidad que los gestos, movimientos y palabras de su padre, transmitían a cada instante...
<<>> pensó Verscedith.
- Es verdad- continuó Silver –Hay en el ser humano una esencia, inherente a cada individuo, que permanece a través del ciclo vital... ¡Un fundamento que sustenta operaciones tales como el deseo, el sentimiento y la sensación!- Al tiempo que decía esto, Silver contemplaba la pipa que levantaba en alto con los ojos encendidos... De repente, se detuvo para lanzar una mirada a su hijo, como preguntándole si le seguía.
- Descuida papá - Se apresuró a decir Verscedith – Lo comprendo perfectamente... te refieres al alma ¿no es así?
Silver negó con la cabeza.
- No, querido hijo, aquello que los Ministros y creyentes llaman alma no es otra cosa que la MENTE HUMANA
- Pero entonces ¿Qué hay de los Uranids? ¿Y los “Quebrantadores”?
Verscedith creyó notar un tenue temblor en la mano de su padre, pero luego pensó que, a lo mejor, lo había imaginado.
- En cuanto a los Uranids, no se han capturado especimenes vivos, por lo tanto, aún no es posible establecer si realmente se alimentan del alma de las personas. En el ámbito científico, esto se considera una simple superstición religiosa, un cuento inventado por los miembros de YLYASTER para asustar a los niños que se portan mal, algo similar al Apotamkim
Nuevamente una pausa. Verscedith aún esperaba una respuesta acerca de los “Quebrantadores”. Se preguntó si sería conveniente insistir con aquel tema... Tal vez su padre terminara por molestarse (aunque, a decir verdad, Verscedith no recordaba jamás haber visto realmente enojado a ninguno de sus padres).
- Supongo que esperas respuesta a tu segunda pregunta- comentó al fin Silver rompiendo el incómodo silencio. –Personas capaces de ver la esencia de los seres humanos... Esencia a la que ellos llaman INUA. Dicen los Ministros que tales individuos son los hijos del Maligno pues aquellos que son capaces de corromper la Naturaleza de otros no pueden ser hijos del Supremo.
El tono irónico con el que Silver se expresaba de los Ministros de YLYASTER se le antojaba sumamente divertido a Verscedith, quien de buena gana se habría echado a reír de no ser por el interés que le despertaba todo cuanto su padre relataba. Por otra parte, al chico se le había enseñado que no estaba nada bien interrumpir a un adulto, aun cuando Verscedith sólo parecía recordar esta norma de comportamiento si se trataba de sus padres.
- Respecto a nuestra posición como Científicos, te diré sencillamente que estos “Quebrantadores” son tan sólo niños y niñas sometidos a un fuerte nivel de estrés... Pronto cumplirás doce años ¿no es así Verscedith?
- Sí... señor- contestó éste algo extrañado.
- Pues bien, se acerca la hora de que elijas tu camino... recuerda que sólo hay tres opciones: Una formación Científica como la nuestra, una formación religiosa (El Supremo no lo quiera) y, finalmente, el exilio en Aurock
Esta última palabra estremeció el cuerpo de Verscedith. El exilio en Aurock era, entre los jóvenes, sinónimo de condena física y social. Algunos pensaban que se trataba de una forma de hablar que usaban los adultos (algo similar a la expresión “irse al cuerno”) pero otros (entre ellos Verscedith) se lo tomaban muy en serio.
- Pues son esa clase de presiones las que generan respuestas tan complejas por parte de estos “Quebrantadores”... La ignorancia de los Ministros conlleva a malentendidos, comenzando por el calificativo que les han asignado. Si a estas presiones le sumamos el desarrollo corporal y mental que los niños de tu edad suelen afrontar pues... Sabes de qué hablo ¿Verdad?
Silver miraba a su hijo por encima del marco de sus elegantes anteojos.
- La... pubertad- respondió Verscedith revolviéndose incomodo en su lugar.
El reloj Aluniano marcaba las 8:25 PM. La pipa se apagó. Silver dio por terminada la conversación y levantándose del sillón deseó buenas noches a su hijo. Desde su habitación, Verscedith oyó el familiar sonido de la puerta del estudio cerrándose.
Todas las noches, los esposos Kenneth pasaban horas y horas realizando sus investigaciones en el más estricto de los secretos. Verscedith y Eryn a menudo se preguntaban qué ocultaban sus padres allí... muchas veces les pasó por la mente escabullirse sin permiso en el estudio, pero el miedo y la estricta vigilancia de la señora Grace (una anciana ama de llaves de muy mal carácter pero buena sazón) se los impedía.
- Tal vez se transforman en Uranids y no quieren que los veamos- opinaba Eryn, siempre sonriente.
- Eso lo creería de la señora Grace- apuntaba Verscedith mientras su hermanita se desternillaba de risa. En todo caso, Verscedith se figuraba que lo que allí hacían sus padres se relacionaba con la Naturaleza humana, pues ese era el objeto de estudio de la mayoría de Científicos en ese entonces.
En ese entonces...
¡Ah! Como anhelaba Verscedith volver a vivir aquellos días felices... los días antes de la llegada del “Supremo Espíritu”…
CAPITULO II LA ESPADA SELLADA
"Llevad, guerreros,
Con orgullo la cruz de vuestra espada
Sellada de la mano omnipotente"
Don Juan Quiroga y Espinosa de los Monteros / 1853
Quedos sonidos de pasos cercanos le obligaron a regresar por unos instantes a la crudeza del presente. La oscuridad aún cubría el cielo y unas cuantas estrellas titilaban tímidamente sobre la cabeza del chico, que se desangraba al borde de una carrilera cubierta de escombros y cuerpos sin vida. Verscedith se preguntó si aquellos pasos eran sólo una ilusión producto del dolor y la fiebre que le consumían.
El rostro de una niña, de edad aproximada a la de Verscedith, recortó el ya de por sí limitado campo visual del muchacho. La recién llegada pareció brevemente conmovida. Su expresión, en realidad, revelaba sorpresa y compasión por aquel pobre niño malherido...
Verscedith creyó ver el INUA de la chiquilla: Un fulgor azulado, muy similar al suyo, que rodeaba su cuerpo, oscilando en el espacio como un denso humo espectral. La inesperada presencia de la niña, lejos de inquietar al chico, alivió su pesadumbre, aun cuando en aquel momento resultara imposible (e irrelevante) precisar por qué.
-¿Puedes oírme? Te llevaré a mi aldea... No está muy lejos de aquí.- La voz de la niña resultaba tan afectuosa y reconfortante que parecía como si hubiese sido estrictamente diseñada para ese preciso instante.
<<>> pensó Verscedith <<>>
- Mi... maleta... – musitó Verscedith con voz tan entrecortada y baja que la chiquilla tuvo que poner uno de sus oídos sobre los resecos labios del moribundo para lograr entender lo que éste quería decir.
Cuando la joven se cargó la mugrienta mochila al hombro, notó que poseía una serie de correas que sostenían una espada corta con un Sello inscrito en ella. Procurando no detenerse a pensar por el momento en aquel asunto, la niña tomó a Verscedith con el mayor de los cuidados y le ayudó a incorporarse, de tal forma que ambos cruzaban uno de sus brazos tras el cuello del otro.
Paso a paso, Verscedith conseguía hacerse una idea clara pero escabrosa de la magnitud de sus heridas. Sobretodo, le aterraba que en cualquier momento pudiera desplomarse en el suelo para nunca levantarse de nuevo. Finalmente, luego de recorrer unos quince metros, los chicos divisaron las luces que los faroles emitían desde la aldea (por la cual el Supremo Espíritu no había arrastrado su odiosa presencia)
Lo último que Verscedith recordó sobre esa fatídica noche fue la imagen de una anciana que, algo preocupada, esperaba en el portal de una rústica vivienda la llegada de Gimaeld Gwyon, su nieta.
Una sombra cruzó rápidamente el largo corredor decorado con cuadros de famosos Científicos y exploradores. Verscedith sentía como si las frías miradas de aquellas imágenes se clavaran en su espalda, recordándole que estaba a punto de ejecutar un acto prohibido.
El piso de madera crujía por momentos; el silencio de la noche incrementaba la intensidad de los sonidos más insignificantes y Verscedith temía que la señora Grace se despertara en cualquier instante.
A pesar de todo, estaba decidido: Entraría al estudio y descubriría el secreto que allí parecía morar. Verscedith aprovechaba la ausencia de sus padres, que se habían encaminado hacia Kaer Mitrill, donde debían practicarle algunos exámenes de rutina a la pequeña Eryn. La poco original excusa del dolor de estómago fue suficiente para que Verscedith consiguiera evadir el viaje.
Al llegar a la puerta indicada, el chico no se sorprendió de que estuviese con llave. Por supuesto, estaba lo suficientemente preparado para aquella operación: Ted, su devoto vecino y único amigo, le había vendido, por la módica suma de 30 Numist plateados, una llave maestra, la misma que éste usaba para hurtar las generosas raciones de pan y vino que su ingenuo tío creía seguras en la sacristía del Templo.
<<>> pensó Verscedith con ironía.
La llave maestra se deslizó perfectamente entre la ranura de la chapa. Luego de un rato, se escuchó el sonoro “CLICK” que dejó paralizado de emoción y expectativa a Verscedith. El chico aguzó el oído para comprobar si el chasquido de la cerradura había despertado a la señora Grace... Por primera vez, Verscedith sintió un gran alivio al escuchar los ronquidos irregulares de la antipática anciana.
Los goznes de la puerta emitieron tenues chirridos hasta que hubo suficiente espacio para que Verscedith entrara al estudio. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad. Además, la luz de la luna, proyectándose a través de cuatro enormes ventanales incrustados en el techo, permitía un reconocimiento fiel de todo cuanto le rodeaba.
El estudio era un salón más bien pequeño. Tres mesas ubicadas paralelamente atravesaban el lugar de lado a lado. Sobre la primera mesa se encontraban apilados gran cantidad de libros, la mayoría de los cuales presentaban abundantes telarañas y seguramente una buena capa de polvo. Sobre la segunda mesa estaban los mecheros, frascos con sustancias químicas y anotaciones que, más que palabras, contenían números y símbolos matemáticos.
Entonces la vio: Allí, sobre la tercera mesa, sostenida por lo que parecían ser unos brazos mecánicos, descansaba una espada corta y delgada de astil más bien sencillo. Verscedith, intrigado, se acercó a la mesa. Una vez frente a la misteriosa arma consiguió apreciar una inscripción grabada en el mango: Un Sello circular sin significado aparente.
Fue cuando algo impulsó al chico:
Debía tener esa espada entre sus manos... ¡aunque fuera por un instante!
Verscedith alargó la mano izquierda hasta tomar el arma. En aquel momento, una aguda punzada de dolor le subió por la palma y le atravesó el brazo. El joven retiró la mano e instantáneamente cesó el dolor.
<<>> se dijo.
Cuando Verscedith se disponía a volver a la puerta del estudio, se percató de algo que le erizó los pelos... Un rumor, como un gruñido animal, resonó directamente en su cerebro: Se trataba de una voz que, a todas luces, no era humana.
Verscedith podía sentir su propio corazón latiendo con fuerza. En realidad, al chico no le habría extrañado que sus enérgicos latidos despertasen a la furibunda señora Grace aunque, en todo caso, le era imposible moverse de donde estaba y mucho menos gritar: El pánico que le embargaba era tal que su cuerpo no respondía.
-¿Tienes miedo, cocodrilo? – La pregunta, formulada por una chillona y maliciosa voz, fue suficiente para estremecer cada músculo del cuerpo del pequeño.
Silencio absoluto...
- No deberías temerle a tu propia Naturaleza... O bueno, tal vez un poquitín…
Aquellas palabras no procedían de un lugar específico de la habitación... el sonido resultaba tan claro que era como si le hablaran al oído. No obstante, el tono oscuro y desafiante de aquella criatura –Verscedith no encontraba otra forma de definirla – era lo que más le aterraba.
Fue entonces cuando recordó algo que había leído por casualidad en el breviario que Ted siempre cargaba encima (sólo por aparentar)...
“La voz del Supremo puede escucharse a través de unos seres alados, sus mensajeros, que intervienen en La Realidad para orientar y aconsejar a sus protegidos. Estos seres son Los Ángeles, los dulces seres de luz”
Lo extraño era que la voz no correspondía al cándido llamado que el libro de Ted describía.
-¿Eres... un Ángel?- se aventuró a preguntar Verscedith
Un mutismo mortal se extendió por la habitación. El chico, que se encontraba completamente rígido desde hacía varios minutos, llegó a pensar que todo era producto de su imaginación pero la percepción y el sentimiento de una presencia extraña no abandonaban su mente. Sí, aquel ser disfrutaba cada segundo de silencio porque sabía que, para Verscedith, era una eternidad insoportable.
- No me has oído ¿verdad, compañero? Soy tu Naturaleza. Puedes llamarme Shad- declaró éste con toda calma. – ¡Un Ángel! Vaya comparación...
- ¿Dónde estás? ¿Eres un experimento de mis padres? ¡No me digas que yo te liberé!
- Soy tu Naturaleza- repitió Shad algo exasperado. –Por lo tanto, siempre he estado contigo, desde el mismísimo instante de tu nacimiento. Puede que incluso antes...
Para sorpresa suya, Verscedith comenzaba a tranquilizarse; Por alguna razón comprendía que lo que Shad decía era cierto... de hecho, empezaba a sentir cierta conexión con aquel ser.
-¿Pero... por qué hasta ahora...? – Verscedith hubiese querido terminar de formular su pregunta pero el sonido de un coche deteniéndose lentamente se lo impidió.
-¡Shedim! ¡Son mis padres! ¡Han regresado antes de tiempo!
No había un segundo que perder. Haciendo gala de la mayor velocidad y cautela posible, Verscedith se lanzó hacia la puerta con tan mala suerte que tropezó contra la tercera mesa. La Espada se balanceó sobre los brazos mecánicos, que por cierto ofrecían una falsa sensación de firmeza, y cayó estrepitosamente al suelo.
Consciente de que ya nada se podía remediar, Verscedith cerró la puerta con llave y dando grandes zancadas llegó a su habitación justo antes de que la puerta principal se abriera e ingresaran los esposos Kenneth.
Envuelto por completo entre las cobijas, el muchacho oyó los pesados pasos de sus padres avanzando a través del corredor.
- Eryn se durmió en mis brazos- comentó la Señora Kenneth en voz baja.
- El viaje fue agotador... ¡es el colmo! ¿Qué derecho tienen los Ministros para negarnos la entrada a Kaer Mitrill? ¡Uno es libre de ir a donde quiera!- exclamó furioso el Señor Silver.
- Shh! Cálmate querido... despertarás a los niños
Las voces y ruidos fueron extinguiéndose poco a poco. Nuevamente, se apoderaron de la casa los sonidos de la noche. Verscedith no había podido pegar el ojo en todo ese tiempo...
<< ¿Qué habrá sido de Shad? >> Se preguntó mentalmente.
- Estoy aquí- Respondió jovialmente la voz, de forma tan repentina que Verscedith por poco se cae de la cama a causa de la impresión
-¿Quieres bajar la voz? Alguien podría escucharte...
- Nadie lo hará porque en esta casa sólo tú puedes oírme
- Y eso ¿por qué?
- La Espada Sellada. Cuando la intentaste tomar, marcó tu mano izquierda proporcionándote la habilidad de oír a tu propia Naturaleza y, asimismo, ver el INUA de las demás personas
- ¿Naturaleza? ¿INUA? ¡No! Esto no puede ser... Creo que esa espada tenía algo, tal vez algún tipo de droga subcutánea...
Entonces, envuelto por la diáfana oscuridad de una noche a punto de transformarse en día, el chico miró su mano izquierda y lo descubrió: Era el Sello. El mismo Sello inscrito en la Espada, grabado, desde ese día y para siempre, en la palma de su mano. Era inútil engañarse... La conexión entre Shad y Verscedith era ya tan evidente que este último terminó por cerrar los ojos con fuerza para dormir... dormir profundamente.
Al día siguiente, Verscedith se incorporó de su cama y lo primero que vio fue a sus padres junto al lecho...
Silver sostenía entre sus manos la Espada Sellada como si se tratara de un cuerpo vulnerado. Aquello compungió el corazón de Verscedith. Sin embargo, lo que más le dolía al niño era la expresión abatida de su decepcionada madre. Los ojos de Verscedith se anegaron de lágrimas; sentía un nudo en la garganta y, tomándose la cara entre las manos, lloró amargamente mientras pedía perdón a sus padres.
Si algo podía llegar a doler más que el castigo eso era la decepción o, tal vez, no existía peor castigo que el dolor de la desilusión.
Luego de un rato, que a Verscedith le parecieron horas, sintió el abrazo de su madre y la mano de su padre sobre su cabeza... y aquellas caricias, lejos de consolarle, sólo hacían más grande su pena y su desolación.
Verscedith se refregó los ojos y tomó la Espada. Entonces, a través del velo de lágrimas, contempló dos halos envolviendo las siluetas de Silver y su esposa. Dos bellos efluvios, límpidos fulgores que oscilaban entre el verde esmeralda y el rojo escarlata, agitándose en medio de enlaces armoniosos... Por alguna razón, podía discernirse entre aquellos raros espectros un amor infinito, una ingente ternura y, más que nada, ese extraño sentimiento de compasión que los esposos Kenneth irradiaban hacia Verscedith. No había otra explicación:
Era el INUA de sus padres
Schatten: (Deutsch - Romanisch) Aura, cauma, umbra.
Éskhatos: (Griego) Último
Skhatton: (Latín) Discurso acerca de las últimas cosas. /
El Fin de los Tiempos.
<<...Vi que no hay Naturaleza,
Que Naturaleza no existe,
Que hay montes, valles ,llanos,
Que hay árboles, flores, hierbas,
Que hay ríos y piedras,
Pero que no hay un todo al que esto pertenezca,
Que un conjunto real y verdadero
Es una enfermedad de nuestras ideas.
La naturaleza es partes sin un todo.
Este es tal vez el tal misterio del que hablan.
Fue esto lo que sin pensar ni detenerme,
Acerté que debía ser la verdad
Que todos andan buscando y no encuentran,
Y que solo yo, por que no fui a buscarla, encontré.>>
Alberto Caeiro (Heterónimo de Fernando Pessoa)
CAPITULO I RECUERDOS FELICES
"Me acordé de los días antiguos; meditaba en todas tus obras; reflexionaba en las obras de tus manos."
Salmos 5, 143
"...Todos los demás cadáveres puede que sean una ilusión.
Todos los muertos puede que estén vivos en otro lugar.
Todos mis propios momentos pasados puede que existan en algún otro lugar... "
Álvaro de Campos (heterónimo de F. Pessoa)

Quiso dormir. Dormir para no escuchar el cielo tronando con furor. Para no terminar cegado por los mortíferos haces de luz naranja-rojiza que se colaban por las ventanas quebradas del tren 720-B con destino a Resurrección Hyle.
Quiso dormir. Para no percibir más el roce de aquellos cuerpos sin vida cayendo, unos sobre otros, sin orden ni concierto, presas inertes del constante ajetreo de los vagones que se agitaban como cajas de cartón en medio de un huracán.
Y luego... Luego quiso gritar. Pero se abstuvo de hacerlo al comprender el profundo horror que encerraba el clamor de un eco solitario, retumbando sin respuesta en aquellos territorios donde la muerte organizaba su festín.
Pensó entonces en los lamentos. Lamentos de dolor y angustia que segundos antes invadían el interior del Tren, sustituidos ahora por el horrendo chirrido de los fragmentos metálicos que se desprendían del aparato como escamas de piel seca.
Por ello se conformó con el silencio. Con la nada de su mente derruída. De la triste realidad: El Supremo Espíritu había descendido sobre la tierra dejando a su paso un rastro de muerte y destrucción.
Verscedith se encontraba ahora en el suelo, tumbado boca arriba, rodeado por los hierros retorcidos que antes conformaran el carruaje y por los cadáveres de varios Científicos que le acompañaban desde la lejana estación de Saylumn.
El cielo de la espesa noche era lo único que el chico podía divisar desde la posición en la cual se encontraba. Deseaba más que nada incorporarse, escapar de aquel infierno, pero no podía hacerlo porque, aparte del cansancio y del lacerante dolor que las múltiples cortadas le producían, el peso infinito de la desesperanza y la humillación le aplastaba las entrañas. Todo aquello era demasiado para él... ¡Él, que tan sólo era un chiquillo!
Verscedith sólo podía percibir con resignada claridad el fuerte olor a combustible quemado que se expandía por el lugar. Aceptó, entonces, con la frívola calma de quien comprende que nada puede hacerse contra el mundo cuando éste se empeña en aplastar la voluntad de un ser hmano una y otra vez, el hecho innegable de que estaba muriendo.
- Así es, compañero mío. Es inevitable... muy pronto te morirás- sentenció la chillona voz de Shad, su INUA, como si al perecer Verscedith no fuera a desaparecer también su propia Naturaleza.
Finalmente, el niño cerró los ojos y, antes de abandonarse a la incierta orilla de su propia inexistencia, comenzó a repasar mentalmente los acontecimientos que le habían llevado hasta ese preciso instante...
-¡La cena está lista hermano!- El llamado provenía de Eryn.
-¡Esta bien, ya voy!- Respondió el muchacho desde el borde del lago. Enseguida corrió hacia la puerta principal de su casa cruzando el jardín a toda prisa mientras pensaba en la deliciosa tarta de manzana que la señora Grace había preparado. Una vez en el comedor, el aroma de la cena recién servida se apoderó del ambiente.
Allí estaba su familia: sus padres y su pequeña hermana, Eryn, una chiquilla de ocho años, delgada como una rama de olivo, con hermosos ojos azules y cabello corto color castaño. Siempre se la veía sonriente y su presencia era suficiente para alegrar a Verscedith, aún en los momentos más duros.
Durante la cena, el señor y la señora Kenneth se enzarzaban, como de costumbre, en largas discusiones acerca de complejas cuestiones científicas mientras los chicos comían en absoluto silencio. Verscedith, sin embargo, procuraba no perder detalle de todo cuanto decían sus padres pues deseaba ser un Científico tan reconocido y brillante como ellos.
-Entonces- decía su padre, probando con moderación el dorado vino que la señora Grace le ofrecía - Se supone que El Espectro influye sobre los seres vivos y es influido, al mismo tiempo, por ellos. Especialmente por seres conscientes. ¡Oh, querida! ¿Comprendes las implicaciones de este hecho?
-Por supuesto- aceptaba ésta, apartando con delicadeza el brillante cabello que surcaba sus mejillas, mirando fijamente a su amado interlocutor al tiempo que se llevaba un pequeño trozo de tarta a los labios – Es la comunión del universo con el hombre y la naturaleza. Un Ministro diría que es la comunión de nuestras almas con El Supremo.
-Un Ministro no aceptaría un tipo de comunión como la que nosotros proponemos. ¡Cualquier alma, de la más pura a la más corrupta, comunicándose con El Supremo Creador! Sería la ruina de los santos ¿No lo crees? - reponía Silver guiñando un ojo a su hijo quien, aún sin comprender el significado de este gesto, no tardaba en devolver el guiño a su padre junto con una sonrisa.
Acabada la cena, la señora Grace recogía la vajilla y se ocupaba de la cocina.
La imagen de Silver Kenneth recostándose en el suntuoso sillón de cuero y acomodándose los anteojos con el dedo índice, apareció ante Verscedith.
Silver observó detenidamente a su hijo: Su cabello corto y oscuro, sus ojos negros y recelosos...
- Papá - Dijo finalmente Verscedith – Quisiera preguntarte algo... ¿tenemos realmente un alma?
La mirada de Silver se endureció momentáneamente.
- Así que finalmente has trabado amistad con ese chico… ¿verdad? Me refiero a Ted, el sobrino del Ministro Hagell.
Verscedith bajó la cabeza, algo apenado. Su padre le había reprochado varias veces ya el hecho de tener por amigo a un servidor de YLYASTER.
No obstante, luego de advertir la expresión abatida de su hijo, Silver procedió a adoptar un tono conciliador:
- Bueno, supongo que ya tienes edad suficiente como para comprender ciertas cosas...
Animado, Verscedith se acomodó en la alfombra de la elegante sala principal. Frente a sí estaba su padre, firme e imponente, y tras él, gran cantidad de objetos decorativos: lámparas ricamente ornadas, relojes Alunianos (los más raros y costosos del mundo puesto que marcaban la hora sin necesidad de manijas), cofres y estatuillas talladas en madera procedente de los bosques de Cencill (lugar bastante peligroso por cierto) y cuadros que mostraban espléndidos paisajes... todos estos, recuerdos que los Kenneth traían de las largas expediciones científicas, de aquellos maravillosos viajes que Verscedith y Eryn nunca podían realizar... pese a sus ruegos y rabietas.
- Ésta es la eterna cuestión acerca de la supuesta dualidad del hombre - expuso Silver mientras encendía su pipa con gran parsimonia. - Precisamente, tu madre y yo hemos dedicado nuestras vidas a estudiar algo que, quizá, vaya más allá de lo que los Ministros llaman alma, esto es, la NATURALEZA HUMANA.
Silver hizo una pausa para dar una larga bocanada a la pipa, en cuyo humo Verscedith creía percibir efímeras figuras danzantes que se perdían en un mar de gris etéreo. Tampoco escapaba a la vista de Verscedith la elegancia y majestuosidad que los gestos, movimientos y palabras de su padre, transmitían a cada instante...
<<>> pensó Verscedith.
- Es verdad- continuó Silver –Hay en el ser humano una esencia, inherente a cada individuo, que permanece a través del ciclo vital... ¡Un fundamento que sustenta operaciones tales como el deseo, el sentimiento y la sensación!- Al tiempo que decía esto, Silver contemplaba la pipa que levantaba en alto con los ojos encendidos... De repente, se detuvo para lanzar una mirada a su hijo, como preguntándole si le seguía.
- Descuida papá - Se apresuró a decir Verscedith – Lo comprendo perfectamente... te refieres al alma ¿no es así?
Silver negó con la cabeza.
- No, querido hijo, aquello que los Ministros y creyentes llaman alma no es otra cosa que la MENTE HUMANA
- Pero entonces ¿Qué hay de los Uranids? ¿Y los “Quebrantadores”?
Verscedith creyó notar un tenue temblor en la mano de su padre, pero luego pensó que, a lo mejor, lo había imaginado.
- En cuanto a los Uranids, no se han capturado especimenes vivos, por lo tanto, aún no es posible establecer si realmente se alimentan del alma de las personas. En el ámbito científico, esto se considera una simple superstición religiosa, un cuento inventado por los miembros de YLYASTER para asustar a los niños que se portan mal, algo similar al Apotamkim
Nuevamente una pausa. Verscedith aún esperaba una respuesta acerca de los “Quebrantadores”. Se preguntó si sería conveniente insistir con aquel tema... Tal vez su padre terminara por molestarse (aunque, a decir verdad, Verscedith no recordaba jamás haber visto realmente enojado a ninguno de sus padres).
- Supongo que esperas respuesta a tu segunda pregunta- comentó al fin Silver rompiendo el incómodo silencio. –Personas capaces de ver la esencia de los seres humanos... Esencia a la que ellos llaman INUA. Dicen los Ministros que tales individuos son los hijos del Maligno pues aquellos que son capaces de corromper la Naturaleza de otros no pueden ser hijos del Supremo.
El tono irónico con el que Silver se expresaba de los Ministros de YLYASTER se le antojaba sumamente divertido a Verscedith, quien de buena gana se habría echado a reír de no ser por el interés que le despertaba todo cuanto su padre relataba. Por otra parte, al chico se le había enseñado que no estaba nada bien interrumpir a un adulto, aun cuando Verscedith sólo parecía recordar esta norma de comportamiento si se trataba de sus padres.
- Respecto a nuestra posición como Científicos, te diré sencillamente que estos “Quebrantadores” son tan sólo niños y niñas sometidos a un fuerte nivel de estrés... Pronto cumplirás doce años ¿no es así Verscedith?
- Sí... señor- contestó éste algo extrañado.
- Pues bien, se acerca la hora de que elijas tu camino... recuerda que sólo hay tres opciones: Una formación Científica como la nuestra, una formación religiosa (El Supremo no lo quiera) y, finalmente, el exilio en Aurock
Esta última palabra estremeció el cuerpo de Verscedith. El exilio en Aurock era, entre los jóvenes, sinónimo de condena física y social. Algunos pensaban que se trataba de una forma de hablar que usaban los adultos (algo similar a la expresión “irse al cuerno”) pero otros (entre ellos Verscedith) se lo tomaban muy en serio.
- Pues son esa clase de presiones las que generan respuestas tan complejas por parte de estos “Quebrantadores”... La ignorancia de los Ministros conlleva a malentendidos, comenzando por el calificativo que les han asignado. Si a estas presiones le sumamos el desarrollo corporal y mental que los niños de tu edad suelen afrontar pues... Sabes de qué hablo ¿Verdad?
Silver miraba a su hijo por encima del marco de sus elegantes anteojos.
- La... pubertad- respondió Verscedith revolviéndose incomodo en su lugar.
El reloj Aluniano marcaba las 8:25 PM. La pipa se apagó. Silver dio por terminada la conversación y levantándose del sillón deseó buenas noches a su hijo. Desde su habitación, Verscedith oyó el familiar sonido de la puerta del estudio cerrándose.
Todas las noches, los esposos Kenneth pasaban horas y horas realizando sus investigaciones en el más estricto de los secretos. Verscedith y Eryn a menudo se preguntaban qué ocultaban sus padres allí... muchas veces les pasó por la mente escabullirse sin permiso en el estudio, pero el miedo y la estricta vigilancia de la señora Grace (una anciana ama de llaves de muy mal carácter pero buena sazón) se los impedía.
- Tal vez se transforman en Uranids y no quieren que los veamos- opinaba Eryn, siempre sonriente.
- Eso lo creería de la señora Grace- apuntaba Verscedith mientras su hermanita se desternillaba de risa. En todo caso, Verscedith se figuraba que lo que allí hacían sus padres se relacionaba con la Naturaleza humana, pues ese era el objeto de estudio de la mayoría de Científicos en ese entonces.
En ese entonces...
¡Ah! Como anhelaba Verscedith volver a vivir aquellos días felices... los días antes de la llegada del “Supremo Espíritu”…
CAPITULO II LA ESPADA SELLADA
"Llevad, guerreros,
Con orgullo la cruz de vuestra espada
Sellada de la mano omnipotente"
Don Juan Quiroga y Espinosa de los Monteros / 1853
Quedos sonidos de pasos cercanos le obligaron a regresar por unos instantes a la crudeza del presente. La oscuridad aún cubría el cielo y unas cuantas estrellas titilaban tímidamente sobre la cabeza del chico, que se desangraba al borde de una carrilera cubierta de escombros y cuerpos sin vida. Verscedith se preguntó si aquellos pasos eran sólo una ilusión producto del dolor y la fiebre que le consumían.
El rostro de una niña, de edad aproximada a la de Verscedith, recortó el ya de por sí limitado campo visual del muchacho. La recién llegada pareció brevemente conmovida. Su expresión, en realidad, revelaba sorpresa y compasión por aquel pobre niño malherido...
Verscedith creyó ver el INUA de la chiquilla: Un fulgor azulado, muy similar al suyo, que rodeaba su cuerpo, oscilando en el espacio como un denso humo espectral. La inesperada presencia de la niña, lejos de inquietar al chico, alivió su pesadumbre, aun cuando en aquel momento resultara imposible (e irrelevante) precisar por qué.
-¿Puedes oírme? Te llevaré a mi aldea... No está muy lejos de aquí.- La voz de la niña resultaba tan afectuosa y reconfortante que parecía como si hubiese sido estrictamente diseñada para ese preciso instante.
<<>> pensó Verscedith <<>>
- Mi... maleta... – musitó Verscedith con voz tan entrecortada y baja que la chiquilla tuvo que poner uno de sus oídos sobre los resecos labios del moribundo para lograr entender lo que éste quería decir.
Cuando la joven se cargó la mugrienta mochila al hombro, notó que poseía una serie de correas que sostenían una espada corta con un Sello inscrito en ella. Procurando no detenerse a pensar por el momento en aquel asunto, la niña tomó a Verscedith con el mayor de los cuidados y le ayudó a incorporarse, de tal forma que ambos cruzaban uno de sus brazos tras el cuello del otro.
Paso a paso, Verscedith conseguía hacerse una idea clara pero escabrosa de la magnitud de sus heridas. Sobretodo, le aterraba que en cualquier momento pudiera desplomarse en el suelo para nunca levantarse de nuevo. Finalmente, luego de recorrer unos quince metros, los chicos divisaron las luces que los faroles emitían desde la aldea (por la cual el Supremo Espíritu no había arrastrado su odiosa presencia)
Lo último que Verscedith recordó sobre esa fatídica noche fue la imagen de una anciana que, algo preocupada, esperaba en el portal de una rústica vivienda la llegada de Gimaeld Gwyon, su nieta.
Una sombra cruzó rápidamente el largo corredor decorado con cuadros de famosos Científicos y exploradores. Verscedith sentía como si las frías miradas de aquellas imágenes se clavaran en su espalda, recordándole que estaba a punto de ejecutar un acto prohibido.
El piso de madera crujía por momentos; el silencio de la noche incrementaba la intensidad de los sonidos más insignificantes y Verscedith temía que la señora Grace se despertara en cualquier instante.
A pesar de todo, estaba decidido: Entraría al estudio y descubriría el secreto que allí parecía morar. Verscedith aprovechaba la ausencia de sus padres, que se habían encaminado hacia Kaer Mitrill, donde debían practicarle algunos exámenes de rutina a la pequeña Eryn. La poco original excusa del dolor de estómago fue suficiente para que Verscedith consiguiera evadir el viaje.
Al llegar a la puerta indicada, el chico no se sorprendió de que estuviese con llave. Por supuesto, estaba lo suficientemente preparado para aquella operación: Ted, su devoto vecino y único amigo, le había vendido, por la módica suma de 30 Numist plateados, una llave maestra, la misma que éste usaba para hurtar las generosas raciones de pan y vino que su ingenuo tío creía seguras en la sacristía del Templo.
<<>> pensó Verscedith con ironía.
La llave maestra se deslizó perfectamente entre la ranura de la chapa. Luego de un rato, se escuchó el sonoro “CLICK” que dejó paralizado de emoción y expectativa a Verscedith. El chico aguzó el oído para comprobar si el chasquido de la cerradura había despertado a la señora Grace... Por primera vez, Verscedith sintió un gran alivio al escuchar los ronquidos irregulares de la antipática anciana.
Los goznes de la puerta emitieron tenues chirridos hasta que hubo suficiente espacio para que Verscedith entrara al estudio. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad. Además, la luz de la luna, proyectándose a través de cuatro enormes ventanales incrustados en el techo, permitía un reconocimiento fiel de todo cuanto le rodeaba.
El estudio era un salón más bien pequeño. Tres mesas ubicadas paralelamente atravesaban el lugar de lado a lado. Sobre la primera mesa se encontraban apilados gran cantidad de libros, la mayoría de los cuales presentaban abundantes telarañas y seguramente una buena capa de polvo. Sobre la segunda mesa estaban los mecheros, frascos con sustancias químicas y anotaciones que, más que palabras, contenían números y símbolos matemáticos.
Entonces la vio: Allí, sobre la tercera mesa, sostenida por lo que parecían ser unos brazos mecánicos, descansaba una espada corta y delgada de astil más bien sencillo. Verscedith, intrigado, se acercó a la mesa. Una vez frente a la misteriosa arma consiguió apreciar una inscripción grabada en el mango: Un Sello circular sin significado aparente.
Fue cuando algo impulsó al chico:
Debía tener esa espada entre sus manos... ¡aunque fuera por un instante!
Verscedith alargó la mano izquierda hasta tomar el arma. En aquel momento, una aguda punzada de dolor le subió por la palma y le atravesó el brazo. El joven retiró la mano e instantáneamente cesó el dolor.
<<>> se dijo.
Cuando Verscedith se disponía a volver a la puerta del estudio, se percató de algo que le erizó los pelos... Un rumor, como un gruñido animal, resonó directamente en su cerebro: Se trataba de una voz que, a todas luces, no era humana.
Verscedith podía sentir su propio corazón latiendo con fuerza. En realidad, al chico no le habría extrañado que sus enérgicos latidos despertasen a la furibunda señora Grace aunque, en todo caso, le era imposible moverse de donde estaba y mucho menos gritar: El pánico que le embargaba era tal que su cuerpo no respondía.
-¿Tienes miedo, cocodrilo? – La pregunta, formulada por una chillona y maliciosa voz, fue suficiente para estremecer cada músculo del cuerpo del pequeño.
Silencio absoluto...
- No deberías temerle a tu propia Naturaleza... O bueno, tal vez un poquitín…
Aquellas palabras no procedían de un lugar específico de la habitación... el sonido resultaba tan claro que era como si le hablaran al oído. No obstante, el tono oscuro y desafiante de aquella criatura –Verscedith no encontraba otra forma de definirla – era lo que más le aterraba.
Fue entonces cuando recordó algo que había leído por casualidad en el breviario que Ted siempre cargaba encima (sólo por aparentar)...
“La voz del Supremo puede escucharse a través de unos seres alados, sus mensajeros, que intervienen en La Realidad para orientar y aconsejar a sus protegidos. Estos seres son Los Ángeles, los dulces seres de luz”
Lo extraño era que la voz no correspondía al cándido llamado que el libro de Ted describía.
-¿Eres... un Ángel?- se aventuró a preguntar Verscedith
Un mutismo mortal se extendió por la habitación. El chico, que se encontraba completamente rígido desde hacía varios minutos, llegó a pensar que todo era producto de su imaginación pero la percepción y el sentimiento de una presencia extraña no abandonaban su mente. Sí, aquel ser disfrutaba cada segundo de silencio porque sabía que, para Verscedith, era una eternidad insoportable.
- No me has oído ¿verdad, compañero? Soy tu Naturaleza. Puedes llamarme Shad- declaró éste con toda calma. – ¡Un Ángel! Vaya comparación...
- ¿Dónde estás? ¿Eres un experimento de mis padres? ¡No me digas que yo te liberé!
- Soy tu Naturaleza- repitió Shad algo exasperado. –Por lo tanto, siempre he estado contigo, desde el mismísimo instante de tu nacimiento. Puede que incluso antes...
Para sorpresa suya, Verscedith comenzaba a tranquilizarse; Por alguna razón comprendía que lo que Shad decía era cierto... de hecho, empezaba a sentir cierta conexión con aquel ser.
-¿Pero... por qué hasta ahora...? – Verscedith hubiese querido terminar de formular su pregunta pero el sonido de un coche deteniéndose lentamente se lo impidió.
-¡Shedim! ¡Son mis padres! ¡Han regresado antes de tiempo!
No había un segundo que perder. Haciendo gala de la mayor velocidad y cautela posible, Verscedith se lanzó hacia la puerta con tan mala suerte que tropezó contra la tercera mesa. La Espada se balanceó sobre los brazos mecánicos, que por cierto ofrecían una falsa sensación de firmeza, y cayó estrepitosamente al suelo.
Consciente de que ya nada se podía remediar, Verscedith cerró la puerta con llave y dando grandes zancadas llegó a su habitación justo antes de que la puerta principal se abriera e ingresaran los esposos Kenneth.
Envuelto por completo entre las cobijas, el muchacho oyó los pesados pasos de sus padres avanzando a través del corredor.
- Eryn se durmió en mis brazos- comentó la Señora Kenneth en voz baja.
- El viaje fue agotador... ¡es el colmo! ¿Qué derecho tienen los Ministros para negarnos la entrada a Kaer Mitrill? ¡Uno es libre de ir a donde quiera!- exclamó furioso el Señor Silver.
- Shh! Cálmate querido... despertarás a los niños
Las voces y ruidos fueron extinguiéndose poco a poco. Nuevamente, se apoderaron de la casa los sonidos de la noche. Verscedith no había podido pegar el ojo en todo ese tiempo...
<< ¿Qué habrá sido de Shad? >> Se preguntó mentalmente.
- Estoy aquí- Respondió jovialmente la voz, de forma tan repentina que Verscedith por poco se cae de la cama a causa de la impresión
-¿Quieres bajar la voz? Alguien podría escucharte...
- Nadie lo hará porque en esta casa sólo tú puedes oírme
- Y eso ¿por qué?
- La Espada Sellada. Cuando la intentaste tomar, marcó tu mano izquierda proporcionándote la habilidad de oír a tu propia Naturaleza y, asimismo, ver el INUA de las demás personas
- ¿Naturaleza? ¿INUA? ¡No! Esto no puede ser... Creo que esa espada tenía algo, tal vez algún tipo de droga subcutánea...
Entonces, envuelto por la diáfana oscuridad de una noche a punto de transformarse en día, el chico miró su mano izquierda y lo descubrió: Era el Sello. El mismo Sello inscrito en la Espada, grabado, desde ese día y para siempre, en la palma de su mano. Era inútil engañarse... La conexión entre Shad y Verscedith era ya tan evidente que este último terminó por cerrar los ojos con fuerza para dormir... dormir profundamente.
Al día siguiente, Verscedith se incorporó de su cama y lo primero que vio fue a sus padres junto al lecho...
Silver sostenía entre sus manos la Espada Sellada como si se tratara de un cuerpo vulnerado. Aquello compungió el corazón de Verscedith. Sin embargo, lo que más le dolía al niño era la expresión abatida de su decepcionada madre. Los ojos de Verscedith se anegaron de lágrimas; sentía un nudo en la garganta y, tomándose la cara entre las manos, lloró amargamente mientras pedía perdón a sus padres.
Si algo podía llegar a doler más que el castigo eso era la decepción o, tal vez, no existía peor castigo que el dolor de la desilusión.
Luego de un rato, que a Verscedith le parecieron horas, sintió el abrazo de su madre y la mano de su padre sobre su cabeza... y aquellas caricias, lejos de consolarle, sólo hacían más grande su pena y su desolación.
Verscedith se refregó los ojos y tomó la Espada. Entonces, a través del velo de lágrimas, contempló dos halos envolviendo las siluetas de Silver y su esposa. Dos bellos efluvios, límpidos fulgores que oscilaban entre el verde esmeralda y el rojo escarlata, agitándose en medio de enlaces armoniosos... Por alguna razón, podía discernirse entre aquellos raros espectros un amor infinito, una ingente ternura y, más que nada, ese extraño sentimiento de compasión que los esposos Kenneth irradiaban hacia Verscedith. No había otra explicación:
Era el INUA de sus padres
